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DORAR LA PILDORA

Este mundo capitalista no solo esta poblado de valientes sino que los cobardes también tienen su lugar en él mientras trabajen mucho tiempo por poco dinero y no se quejen, algo que es muy común en esta clase de sujetos a quienes pese a ello también los consideraremos seres humanos.
Los cobardes, esos sujetos que quedan delante del resto porque el resto dio un paso atrás son los que deben asumir algunas responsabilidades, entre ellas comunicar malas noticias tales como: reducción de sueldo, el fin de un noviazgo, el aumento del alquiler, una enfermedad terminal o la visita de la suegra durante el fin de semana.

UN TROPEZÓN NO ES CAÍDA

Insólita pelea la que nos convoca al ring side de las palabras: en el rincón azul “la frase popular” y en el rincón colorado “la canción infantil”…segundos afuera primer round.
La representante del rincón color de un ex canal de televisión en la Republica Argentina da titulo a esta nueva definiciencia mientras que su contrincante esta representa por otra creación de María Elena Walsh.
Para que ustedes puedan tomar partidopor una u otra aunque también pueden darle la razón a aquellos que los tildan de tibios absteniendo de emitir juicio o levantando la mano por el empate y para pedir permiso para ir al baño (en ese orden).

Arrastrar el ala

Aquí en mi país, frente a la Casa de Gobierno -La Casa Rosada, que le decimos- hay una plaza enorme: la Plaza de Mayo, cuyo nombre viene a cuento de la Revolución de Mayo de 1810, en que los criollos se reunieron allí –en aquel entonces, su nombre era Plaza Mayor- para derrocar al Virrey Cisneros, reconociendo la autoridad de la Junta Revolucionaria y formándose así el Primer Gobierno Patrio. (Fuente: Ministerio de Educación de la Nación Argentina)

Tener poco hilo en el carretel


He citado en anteriores posts esta frase de un modo no tan infinitivo como figura en el título del presente. Es que entre mi gente, suele decirse que a alguien “le queda poco hilo en el carretel” cuando ha llegado a cierta edad en que sus días están por acabar y se encuentra más cerca de “pasar a mejor vida” que de permanecer por mucho tiempo entre los mortales, lo cual no quiere decir que tenga “los minutos contados”, frase que se utiliza más para indicar que alguien está por dejar de formar parte de la vida de uno, que para hacer alusión a aquellas personas que están por “estirar la pata”.
Según el DRAE*, abrevadero en que solemos saciar nuestra ardiente sed de castizo, la palabra carretel tiene dos acepciones: la primera, de uso corriente en marina dice “carrete grande, propio para enrollar cables”; la segunda, de utilización preponderante en Islas Canarias y América, es sinónima de “carrete de hilo para coser”, y es la que viene, en este caso, a prestar ayuda en la explicación del origen de la locución que aquí les presento.
Simple pero veraz, la misma consiste en nada menos que una metáfora que compara la cantidad de hilo que queda en un carretel con el tiempo de vida que le queda a la persona aludida. No sorprenderá al lector la crudeza de la metáfora, siempre y cuando tenga en cuenta que el humor es “quizás el producto más característico y más genial de la humanidad”, como dice Harry Haller, el lobo estepario del libro de Hesse**. Es por ello, me animo a suponer, que la acidez y doble sentido que caracterizan al humor de la gente de mi país argento han hecho posible el nacimiento de expresiones como la que hoy trato aquí y que engrosan las filas del exquisito lenguaje popular de los países de habla castellana.
No permita Dios que se sientan ofendidos los demás países hispanoparlates adjudicatarios de la gestación de esta locución. Más bien puede escribirnos alguno de sus representantes para realizar el correspondiente descargo.
Aquí no declaramos guerras, sólo desafíos.

Salut!

Referencias
 * DRAE: Diccionario de la Real Academia Española, 22ª edición.
** “El lobo estepario”, Herman Hesse, Ed. Arenal, 2003.

Se le está acabando la cuerda


Muchos lectores habrán oído alguna vez pronosticar a Fulano “Che, a Mengano se le está acabando la cuerda”, refiriéndose con sarcasmo al "poco hilo que le queda en el carretel" al pobre Mengano.
A quienes no conozcan el significado de ninguna de ambas frases, deseo aclararles, en primer lugar, que nuestro amigo Mengano no es relojero ni sastre, más bien está al borde del desastre, conforme nos deja entender Fulano.
Por lo tanto, cuando oyen a alguien decir que a otro se le está acabando la cuerda, deben saber que ese alguien se está refiriendo al poco tiempo de vida que le queda al otro. Una expresión que no debiera ser utilizada en los salones y reuniones formales, por cierto. En esos casos, podemos quedar muy bien con la o el futur@ viud@, diciendo simplemente que su cónyuge “se está apagando” (los más iluminados suelen agregar “como una vela”). Tampoco debiéramos utilizar la otra expresión que dice “Mengano está más cerca del arpa que de la guitarra”, a menos que nos encontremos entre músicos (o en su defecto, acompañados por alguno de los integrantes del grupo Les Luthiers, entre otros luthiers).
Dejando de lado los sarcasmos e ironías relacionados con los momentos agónicos de los Menganos de este mundo, me ocuparé del origen de la locución que da título a este post.
Sabrán aquellos que tienen, como yo, padre relojero, al igual que los que conocen de relojes viejos que, originalmente, estos aparatos que dan la hora, con excepción de los relojes de sol y de arena, funcionaban impulsados mecánicamente, gracias a un sistema de movimiento continuo, aunque finito, provocado por el accionar de unos pesos que obraban por Ley de gravedad (Newton dixit).
En una etapa posterior del desarrollo del reloj, los pesos fueron reemplazados por una cinta de acero templado enrollada en forma de espiral sobre un eje central, que se llamó cuerda (en contradicción con lo acintada de su morfología). Esta espiral de acero templado, al ser ceñida sobre sí misma mediante un movimiento circular impuesto manualmente y asistido por un mecanismo de ruedas dentadas que hacían menos ardua la tarea de ceñirla al máximo exponente, acumulaba una tensión elástica que, gracias a otro mecanismo de ruedas igualmente dentadas, era liberada en cómodas cuotas para que toda la maquinaria del reloj se mantuviera en movimiento y no se detuviera el tiempo, lo cual hubiese sido catastrófico para muchos que hoy gustan de los últimos gritos de la modernidad.
Cuando la cuerda terminaba de desenrollarse y la fuerza de su elasticidad ya no podía oponerse a la resistencia inercial del resto de los componentes de la máquina del tiempo, la mano del hombre debía enrollarla nuevamente, proceso conocido como dar cuerda al reloj (como si no le fuera suficiente con una). Algún distraído, tomó esta frase por el lado literal y se dedicó a ofrendar a sus relojes ya inertes con cuerdas de todo tipo de material, pero, ante la quietud de los mismos y para poder mantenerse informado de la hora, tuvo que inventar las radiotransmisiones, las cuales, según sucesivos cortos noticiosos y sistemas de beeps rítmicos, le permitían saber cuando prender el sol y apagar la luna, y viceversa. Los que fueron más lúcidos, simplemente accionaban el mecanismo que daba cuerda al reloj y disfrutaban de su tic-tac inacabable, hasta que los relojes japoneses a pila vieron la luz de este mundo y se acabaron las cuerdas. Consecuentemente, los humanos de hoy en día funcionamos a pila. Entonces, cuando estamos por morir, otros dicen que se nos está acabando (o agotando) la pila. Esto es lo maravilloso de las frases, cambian según la evolución de las especies (Darwin dixit).
Diré, por último, que la relación entre la cuerda del reloj y el tiempo de vida de una persona ha sido, a mi entender, un resultado casi inevitable en un mundo que no termina de agotar los medios para considerar a un ser humano como una máquina, gobernada por las mismas leyes que la materia muerta. En lo personal, me quedo con la que compara el arpa con la guitarra, por tener implícito al espíritu, aunque cada finado se reserve el derecho de tocar en el Más Allá el instrumento que desee o, en su defecto, no tocar ninguno. De no ser así y de tener que elegir todos el arpa, nuestra especie seguirá prefiriendo la inmortalidad del cuerpo y en vez de cuerdas o pilas, veremos a nuestros congéneres con paneles de energía solar o relojes de sol como sombreros.
Salut!

De aquí para allá, como maleta de loco

La locura vuelve a dar que hablar en Definiciencia. Y esta vez, se trae de la mano una expresión coloquial de uso no tan infrecuente por estos pagos (los que vienen del latín pagus), cuya aplicación tiene lugar en aquellos casos en que uno desea señalar que una persona anda -o se la tiene- de aquí para allá, “como bola sin manija”.
La definición oficial que encontramos en nuestro venerado DRAE, reza, en el versículo maleta 1:8, lo siguiente: loc. verb. Arg. y Ur. No tener objetivo claro, no saber bien qué se quiere o se pretende.” Amén (agrega este devoto feligrés).
En nuestro bastante extenso, mas o menos bienaventurado (a veces) y, mayormente, sudamericano país, esto de “como maleta de loco” se utiliza también para hacer referencia al trato habitual que recibe casi todo aquel que tiene la valentía –o temeridad- de aventurarse a realizar un trámite en cualquier dependencia de servicios públicos, la que Uds. elijan, por ejemplo al tramitar la “forma A-38”, como les sucedió a dos viejos amigos míos de la infancia (ver video).
En cuanto a por qué las maletas de loco son llevadas de aquí para allá, aun no tenemos datos oficiales, aunque nos inclinamos a adjudicar el origen de esta frase al comportamiento sin objetivo de varios exponentes de aquellas penurias que desde tiempo inmemorial se conocen bajo el nombre de locura.
Para que finalicen la lectura del post de un modo un poco menos triste que los desdichados locos, les invitamos a que echen un vistazo a esta genialidad:
Asterix y Obelix en La Casa Que Enloquece

A ojo de buen cubero


Cuando terminen de leer el siguiente post, van a llegar a comprender el método que utilizamos para seleccionar las frases, locuciones y expresiones que publicamos en este definicioso blog.
Lo decimos porque el origen del dicho ‘a ojo de buen cubero’ radica en el criterio con que se fabricaban las ‘cubas’ en la época del feudalismo. Era entonces todo absolutamente arbitrario, incluso (valga la inevitable redundancia) la capacidad de las medidas de capacidad –que hoy se miden en metros cúbicos, litros, onzas líquidas, galones, etc.
De tal calaña eran las ‘cubas’, que en realidad llevaban tal nombre gracias a sus homónimas utilizadas para almacenar, contener, acarrear y –sin duda- medir una équis cantidad de líquido (preferimos vino, si son tan amables los señores).
Gracias a la tirana y repudiable arbitrariedad que les otorgaba el poder autoimpuesto a los señores feudales, ocurría inevitablemente que los cuberos (fabricantes de cubas; no confundir con ‘habitantes de la isla de Cuba’, que son cubanos, ni siquiera cubenses) fabricaran las cubas según el capricho de sus gobernantes, éstas jamás poseían un valor fijo, es decir, cada feudo poseía cubas del tamaño…que las poseía, así de lindo.
De ahí que esto dio pie a que surgiera la expresión que aquí tratamos de ventilar y que se utiliza cuando queremos decir que una cosa está hecha sin medida o de forma antojadiza. O ‘a la que te criaste’ como diría mi madre, en un severo ataque de desconocimiento de su responsabilidad en la crianza que ella misma diera en citar.
Brindemos por ella con una cuba, mis queridos lectores!

Esquivar el bulto


Relacionada con el significado de la frase de algún post anterior (v.g.Irse por los cerros de Úbeda [por la tangente]”) la locución que aquí les presentamos alude, según su uso acostumbrado, a similares hábitos evitatorios, de naturaleza instintiva o racional, que algunos seres humanos encarnan a la hora de jugar una opinión, emitir un juicio, expresar un sentimiento o comprometer una acción dirigidos, cualesquiera de los anteriores, hacia otro individuo de su especie. Algo así como “hacerse el sota” o “el otario”, en perfecto lunfardo porteño rioplatense.
La vasta colección de fuentes consultadas no se ha dignado a arrojar un mísero fotón sobre el origen de esta evasiva frase, cosa que nos ha tentado a aventurar alguna que otra suposición bien fundada en los misterios de la mente y que, bajo la estrictísima y difícil-de-conseguir autorización del Comité Peregrino Restaurador de Fuentes Fidedignas (Co.Pe.Re.Fu.Fi) de Definiciencia Popular, daremos a conocer al Mundo a continuación. (Bajo la tácita suposición –ahora no tan tácita- de que el Mundo estaría íntimamente interesado en conocer información de tan precioso interés epistemofilosóficalifragilísticoespialidoso, como sabiamente nos enseñara nuestra Maestra de Corte y Confección de La Lengua, Licenciada María Encarnación de la Uña Muchorruido y Pocasnueces, Dios la tenga en la Gloria y la reencarne en algún dedo majestuoso del David de Miguel Ángel.)
Más allá de su discutida gestación, estas han sido nuestras conclusiones:
a. Bien podría tratarse de una mala traducción de cierto apellido común entre los antiguos habitantes de la América previkinga (ellos –navegantes del helado Ártico- llegaron antes que el emisario de los Reyes Católicos –también conocidos como Rayos Catódicos) que al oído de los colonizadores nórdicos sonaba Assakivaarbultur, ni una vocal de menos ni una consonante de más. Es por demás conocida la anécdota que contara en sus Cartas Orales de Navegación el Capitán Erik Rohensson (siglo XXX, d.C.), en que hacía mención de una constante y obstinada negativa del Emperador Solohitzquintl Assakivaarbultur (según el oído vikingo del narrador) y su pueblo a pasar por encima de ciertos montículos de acceso irrestricto que eran considerados por los lugareños como residencia de mágicos espíritus viperinos, bajo las cuales éstos yacían enroscados sobre sus propias entidades abstractas en franca actitud de reposo absoluto. Según Rohensson, los nativos se conducían de tan extraña manera con el objeto de evitar ser devorados por los “cánones del deber y la exigencia”.
b. La variante que ofrecen nuestros ratones intelectuales a la propuesta anterior es un poco menos autóctona aunque no menos sugestiva. Revisando los Inexistentes Archivos de Memorias Remotas Sobre Tiempos No Vividos, los cuales se ubican en la Inflamable Biblioteca ‘Ciudad de Magnalejandro’ de la sede africana-septentrional de Definiciencia Popular, encontramos lo siguiente: "En los comienzos de cierto deporte de origen alpino que consiste en deslizarse un elemento humano por la nieve sobre dos gigantescos palitos de helado doblados hacia el cenit por la punta delantera, se llevaba a cabo en tales latitudes centroeuropeas una importante competencia que más tarde dio origen al nombre del deporte" y –presunta pero inexplicablemente- al título de esta frase a la que intentamos dar genealogía. Se trata del Torneo Intraeuropeo “Sky Van Bullit”, que llevaba dicho nombre en honor a cierto campeón holandés de los tiempos preglaciales en que la nieve escaseaba y abundaban los traficantes de telgopor y coco rallado. La peculiaridad del torneo radicaba en que los competidores debían transitar cuesta abajo y a toda velocidad por una pista repleta de obstáculos montañeses dispuestos según la invisible mano del Gran Artesano Paisajista, los cuales dichos atletas frigoríficos debían esquivar hábilmente o morir en el intento. En cierta oportunidad, un presentador tuvo la sublime ocurrencia de comparar la habilidad de los competidores con las estrategias evasivas del público presente a la hora de pagar las entradas, con lo cual, este deporte cobró fama local y -siglos después- mundial debido a la cantidad de “colados” (esos que entran sin pagar, en argentino puro y sin retoques) que ingresaban a la competencia por las laderas no vigiladas de las grandes montañas helvéticas.
Sin duda que futuras investigaciones y debates definicientíficos arrojarán más datos sobre la cuestión.
Agradeciendo, como siempre, vuestra abnegada paciencia y pidiendo sepan comprender lo que nos pasa a la hora de tomar la pastilla rosada ranurada, les dejamos que sigan rumbo por las aguas virtuales de Internet, en busca de otros vientos más propicios.
Salut!

Foto: Britannica.com

Hacerse el sota

Esta frase, cuyo uso es muy frecuente en nuestro país argentinísimo, y es análoga de "hacerse el otario" y de "hacerse el oso", "...el tonto", "...el gil" o "...el bol##do*, deriva, según creemos junto con las fuentes consultadas, de la expresión ibérica "hacerse el sueco" y tiene por significado, siguiendo al DRAE**, "desentenderse de algo, fingir que no se entiende", pudiendo extenderse a "fingir no ver o enterarse de algo para evitarse una incomodidad, un esfuerzo para pasar desapercibido por razones de timidez, discreción, modestia o mera frescura." (Yahoo! Respuestas)
De hecho, es "real y académica" la siguiente y tercera acepción de la palabra sota: "Arg. y Ur. Persona que finge no saber o no conocer".
Cómo ha llegado desde la Península Escandinava hasta aquí, ha sido luego de un tortuoso viaje expedicionario, que nada tiene que envidiarle al que realizara el hidalgo Álvar Nuñez Cabeza de Vaca, allá por los principios de los años 1500.
Utilizando como palabra clave el vocablo sueco, hay varias versiones sobre ciertos atributos de la gente del país nórdico que realmente no hablan bien de ellos y nos hacen desconfiar, lo mismo que a varios que han investigado el origen de esta expresión tan bizarra.
Una de esas versiones hace referencia a un presunto hábito disimulatorio y envidioso de la clase popular de Suecia, cosa que no hemos comprobado ni nos parece se ajuste al significado de la frase en cuestión.
Una segunda versión, viajera de los mares por cierto, sugiere que lo de "hacerse el sueco", vendría a cuento de una supuesta costumbre de los marineros suecos de decir que sí a todo fingiendo comprender lo que se les preguntaba, explicación bastante denigratoria como la anterior pero que merecería catorce centésimas de consideración, a nuestro juicio.
Otra versión, que ubicaremos en este tercer lugar, con un 23% más de consideración respecto del la raíz cuadrada de la suma de las dos anteriores y que denominaremos hipócritesis, es la que enuncia Don Pancracio Celdrán en su Diccionario de frases y dichos populares. La misma, alude a otro origen navegante pero más comercial y, diremos, contrabandístico. El autor adjudica el origen al gran consumo de Jerez que existía en Inglaterra a fines del siglo XIX, época de conflicto político entre el país británico y nuestra Mater España. Dice que dice que los comerciantes ingleses llegaban a las costas andaluzas en barcos con la bandera de Suecia para evitar problemas y asegurarse el suministro de la popular bebida. Se "hacían los suecos", qué va!
La cuarta versión que hemos hallado en los Foros de WordReference hace derivar el origen de esta locución, según explica el experto Yuggoth, de un tipo peculiar de trato que hubo recibido Napoleón al solicitar ayuda al reino de Suecia para invadir Rusia. Dicen que el rey escandinavo esquivó el bulto esa vez, delegando la tarea de contestar a Bonaparte en uno de sus diplomáticos de confianza. Éste, siguiendo a su rey, decidió hacerse el oso y fingió no entender la langue française, para luego hacerse traducir una y otra vez los propósitos del diminuto emperador, al tiempo que se equivocaba ex profeso y volvía a redactar una y otra vez su documento. Finalmente, logró desalentar al corso, quien desistió de su pedido de ayuda.
Por último, las versiones que más nos han convencido son las que indican un posible origen mimético fonético, según las siguientes y textuales palabras del usuario Margot, de 'Yahoo! Respuestas': "Esta locución está expresada erróneamente por mimetismo fonético y no proviene del calificativo de los habitantes de Suecia sino de la palabra latina “soccus”, que era una especie de pantufla usada por las mujeres y los comediantes. De hecho, “soccus” era el calzado que en el teatro romano antiguo llevaban los cómicos, a diferencia del “coturno” con el que elevaban su estatura los trágicos. De “soccus” viene zueco (zapato de madera de una pieza), zocato (zurdo) y zoquete (tarugo de madera corto y grueso), palabra ésta que se aplica al hombre torpe y obtuso. De aquí que, hacerse el sueco, equivalga a decir hacerse el torpe, el tonto, el que no entiende nada lo que se le dice." Lo que en argentino y uruguayo, reiteramos, se dice hacerse el sota.
Esperando que hayan disfrutado esta ajetreada expedición al corazón de la lengua popular, dejamos por hoy el asunto, para retomarlo en momentos en que los vientos literarios reaviven nuestro espíritu investigativo-narrador.

A vuesa salud!

Fuentes: 1de3, Yahoo! Respuestas, Foros WordReference



Referencias:

*bol###do:
versión censurada del vocablo porteñorioplatense "boludo", improperio que significa: tonto, de pocas luces (ver Argentiniciencia Nacional).
*DRAE:
(no nos cansamos de consultarte) Diccionario de la Real Academia Española de Lenguas.

Bajar la caña

Si hubo algo que me cautivó cuando niño, ese ‘algo’ fue la pesca. Deporte unipersonal. Hombre o niño compitiendo contra un rival con idénticas huellas digitales y fecha de nacimiento. Presa oculta bajo el agua. Y la caña.
Sí, ese precioso instrumento de fibra de vidrio o carbono (o cualquier fibra que no fuera una de esas para colorear).
El aprendizaje y concreción de un tiro (lanzamiento) de la línea ‘de fondo’ o ‘de flote’ era –aaaaahhh!!!- una maravilla. Llegar a tirar ‘justo ahí, en la boca del pescado’. Una verdadera felicidad ribereña.
El día que escuché por primera vez la frase ‘bajar la caña’, mi ingenuidad constitucional agravada por la crianza típica dada a todo primer hijo, nieto, sobrino -y demás defectos congénitos con que he nacido-, no comprendía por qué se usaba dicha frase refiriéndose a una pareja (hombre-mujer) reciente y casualmente formada.
Ahora, miles (o millones) de años después, la ‘d’ final de mi ingenuidá’ ha sido derribada por esta excelentísima definición hallada por azar durante una nostálgica búsqueda de ‘técnicas de lanzado’ con caña de pescar en vuestro buscador favorito.
La sabiduría vino esta vez de la mano del “Mini Diccionario de Lunfardo” (Mini, de aquí en adelante) publicado por Colecciones Buenos Aires, un sitio web con el aval de la Secretaría de Cultura de la Nación (Argentina, por supuesto).
Y allí pude leer lo siguiente:

-bajar la caña.
1. Cobrar por algo un precio excesivo.
2. Poseer carnalmente a una mujer” (o a un hombre, agrego yo)

En un intento de traducir estas escuetas definiciones, propongo:
1. No necesita traducción.
2. Tampoco necesitaría, pero tratándose de un tema tabú, permítanme atreverme. Y la traduzco así: Cuando una ‘niña’ (o no tan niña) consigue el cometido de acostarse con un muchacho y viceversa (un viejo amigo del muchacho). (Cuando son varios seguidos, se dice “no deja títere con cabeza”).

Luego del esfuerzo traductoral, me surgió una pregunta inevitable: ¿Qué tiene que ver la caña con dos actos tan disímiles?
La respuesta del “Mini” no se hace esperar y está expresada así (con paréntesis y corchetes que llaman a ‘reserva y discreción’): “(Si no fuera tan nena le habría bajado la caña. 127/202). [Para interpretar este modismo conviene recordar la aguijada o picana que se baja sobre el buey para castigarlo, y también a la caña con que algunos cambalacheros bajaban las perchas con ropa de vestir destinadas a la venta]”.
Puede que esto corra para la acepción que lleva el as, pero ¿quién me explica el segundo significado?
Como ‘a falta de pan, buenas son las tortas’, intentaré hornear yo mismo un esponjoso pastel de definiciencia pretendidamente correcta para la acepción namber chú, de ignoto origen.
Y mis aproximaciones (no me cansaré de recordarles que si son del género f., siempre las prefiero de a muchas) se relacionan nuevamente con el deporte de la pesca.
La primera que me surge, tiene que ver con una técnica de recogimiento de la línea, en la que se realiza un movimiento descendente con la caña –hasta ese momento en posición casi vertical- llevándola a la posición (casi) horizontal, de manera de poder tomar impulso y elevarla repentinamente y con fuerza hacia su posición ‘anatómica’ original (sin ‘casi’). Con esto se consigue traer la ‘presa’ con mayor celeridad (Imaginen ustedes cuál puede ser la ‘presa’).
La segunda y última por hoy, no difiere tanto de la anterior, pero posee un orden diferente. En caso de ser una señorita la que ‘baja la caña’ al hombre - siendo este último el portador de ‘la caña’-… dejo a ustedes imaginar cuál podría ser esa ‘caña’ y a qué se llamaría en este caso ‘bajar’.
Dejo a vuestra más sincera creatividad, queridos lectores, la propuesta de participar aportando nuevos probables orígenes para la acepción que desentona.
Salut y disculpas por tanta implícita y grosera chabacanería!

Fuentes: Colecciones Buenos Aires
Foto: Iberimages

Hijos del Rigor


Lejos de hacer alusión a la relación filial con algún monsieur de “rígido” apellido o a cierto estado en que se hallan los cuerpos luego de haber sido liberadas sus almas con ruidos de rotas cadenas por la benemérita Compañera del Eterno Reposo, la expresión se utiliza para cuando uno se deja estar hasta que “los zapatos aprietan” o hace lo que debe hacer sólo cuando tiene “la soga al cuello”, o se esfuerza en cumplir únicamente cuando ya no hay salida posible o ante la inminencia de un castigo, sentencia, condena y demás sinónimos finales.
En fin, sería lo contrario de (¡Cuidado, leer con suma atención!) “dejar para hoy lo que se puede hacer mañana”, haciendo particular referencia a toda aquella situación en que hacemos caso a nuestra conciencia únicamente después de que una inacción, negligencia u omisión nos acarrea las inevitables consecuencias que sabíamos de antemano surgirían de su cometimiento en franco obedecimiento a cierta instintividad evasiva ante el Deber.
Por supuesto que la frase sólo es aplicable cuando de esto se hace un hábito. Quienes son “hijos del rigor”, no abandonan la costumbre de hacer lo que saben que no deberían hasta que el medio externo (llámese congéneres, cónyuges o en última instancia, todo el peso de la ley, o cualquier peso) no les pone un límite, como ser, castigo, penitencia o cualquier tipo de reprimenda adecuadamente correspondiente (o no).
Se me ocurre como ejemplo el caso de un ex mandatario argentino que prometió tantas y tantas cosas inverosímiles -como aquel famoso avión que llegaría en dos horas a Japón atravesando la estratosfera- y a quien, de modo igualmente inverosímil, todo un Pueblo lo votó –la increíblemente redundante suma de- dos veces (aunque después todos decían “yo no lo voté”). Todo un Pueblo “hijo del rigor”.
Luego, y desprestigiado a la "n” por incumplimiento de inverosímiles e “incumplibles” promesas, el ex mandatario se presentó una vez más a elecciones, con el afán de lograr su tercer mandato consecutivo. Perdió en el ballotage 80 a 20 (porque tan tonto no era el Pueblo), pero…¡llegó al ballotage! (Sacrebleu!!! Sí que era tonto el Pueblo, al menos en alguna proporción de considerable peso estadístico).
Esta vez, el Pueblo fue nuevamente “hijo del rigor”, al menos en la primera ronda de la votación, es decir, al mismo precio que en veces anteriores y portando un mínimo del 50% de los genes del “Clan Rigor”.
En las últimas elecciones, el ex mandatario estuvo a punto de candidatearse nuevamente. ¿Hijo del Rigor o Tremendo Caradura? Tamaña pregunta, creemos, ameritaría una encuesta a gran escala.
(NOTA: Se aceptan todo tipo de propuestas para agregar a la lista de epítetos que le cabrían al susodicho.)

Éramos pocos y parió la abuela

En los tiempos de calles de tierra, el tiqui taca, los carruajes y casas chorizos eran muy comunes las familias numerosas tales como los García Diez, los Quatrocchi y el Anís 8 Hermanos.
También fue la época de las primeras migraciones internas, provocadas por las victorias electorales de los unitarios contra los federales (para los más jóvenes les decimos que eran lo que son ahora “las populares” y “las divinas”), así fue como una familia harta de la dulzura de su Tucumán natal (para los lectores del extranjero le decimos que Tucumán es una provincia del norte de nuestro país, en donde los índices de diabetes son altísimos) se mudo a la Capital Federal que por esa época no estaba buena como lo esta ahora.
La familia que no se llama Ortega como muchos sospechaban sino que respondían al nombre (apellido) de los Baigorria, dicha familia estaba compuesta por el matrimonio de Maria y José, sus hijos por orden alfabético: Anabel, Belén, Carolina, Eva, Fabiana, Liliana, Maria Ángeles, Maria Claudia, Maria Marta, Noelia, Paula y Roberto, quien fue engendrado bajo el lema “hasta que no tengamos el varón no paramos”, también estaban los hermanos de José, Pedro y Pablo, la madre de todos ellos Emilce y la madre de Maria, quien respondía al nombre de Tita que viajo acompañada por su inseparable amiga de la infancia Rodesia Terra de Bussi (repudiable familia genocida de la provincia).
Todos ellos se instalaron en una pensión de la calle Casita de Tucumán al 900, según consta en el diario íntimo de una de las Maria, para no extrañar tanto. La pensión era un dormitorio de 8,75 metros por 12 metros, con un entre piso en donde solo cabía el colchón del matrimonio bíblico.
No fueron fáciles los primeros tiempos en la ciudad, tampoco lo fueron los últimos pero eso no nos incumbe ahora. Todas las hijas estaban en edad escolar, su padre de oficio carpintero se pasaba los días en un bar lamentando que no se le haya ocurrido a él la idea de darle vida a un muñeco de madera (idea que si tubo Yepeto al crear a Pinocho), sus tíos se ganaban la vida cantando en las paradas del tranvía, su madre se ocupaba de amamantar al pequeño Roberto, mientras que Tita y Rodesia no hacían nada todo el día. Así fue como harta y aburrida Tita se va una noche a bailar tangos a un bolichón por Congreso en donde es seducida por un apuesto anciano del quien no se tienen mayores datos, sí se sabe que un mozo los vio en un reservado dándole rienda suelta a la lujuria (con todas las limitaciones del caso). Al cabo de unas semanas Doña Tita se inflo cual globo en cumpleaños hasta que a los 9 meses dio a luz a un pequeño a quien bautizo como Ricardito. Con la llegada del bebe la familia debió mudarse a un duplex en Caballito en el cual vivieron hasta que la vida los fue llevando por caminos distintos.

La Sartén por el Mango

Si visitan nuestro país u otro de habla castellana, seguramente van a oír la frase “tener la sartén por el mango”.También pueden llegar a oír “Tener la manija”.
En ambos casos, serán testigos del uso de dos frases que aluden a tener la situación bajo control o tener el poder.
El origen de la expresión que originó (valga el pecado original de la redundancia) la necesidad de publicar este post, se relaciona con las cuestiones culinarias –de la cocina, no de otros quehaceres domésticos o fisiológicos.
Sabemos, aunque no desde el nacimiento, que una (o un) sartén es un “Recipiente de cocina, generalmente de metal, de forma circular, poco hondo y con mango largo, que sirve para guisar” (ver en la foto lo que empuñan las damas con una de sus manos), como encontramos en la fuente única de nuestra magra sabiduría, el DRAE*.
Y es la misma ‘Real Academia’ la que dice lo siguiente acerca de sostener este recipiente por su mango “Ser dueño de la situación, poder decidir o mandar.”, coincidiendo con –y quizá copiándose de- nosotros.
(Deseo aclararles que los argentinos –por lo menos-, hacemos papas o huevos fritos dentro de una sartén, además de guisados, señores lectores y Sra. Academia).
También se le dan usos violentos, como elemento contundente para golpear la cabeza o las nalgas de los hijos que molestan a la hora de cocinar o los esposos que tienen el mal hábito de manosear a sus esposas mientras éstas cocinan (quizá alguno tenga una sola esposa y no le quede otra opción que manosear sólo a esa).
Otro uso, bastante frecuente entre los niños, es a manera de raquetas o paletas con las que golpean una pelota en ese juego tan competitivo e individual (aunque a veces puede ser que sea doble o que yo no me haya puesto los lentes) cuyo nombre me recuerda al verbo tener, conjugado para las segundas personas (y no para los terceros en discordia). (Lamento decirles que quienes pensaron ‘Ajedrez’ deben estar padeciendo algún tipo de carencia nutricional o vitamínica muy severa, o les falta imaginación, con todo respeto).
Pero el uso más culto y jamás imaginado de esta herramienta de cocina, lo ha llevado a cabo el señor Hugo Varela, quien lo ha transformado en un instrumento musical con el que se puede tocar ‘Zorba, el griego’ (o al menos él lo puede tocar) mientras nuestras mujeres cocinan –en una cacerola, claro está, la sartén la tiene Hugo-, en lugar de andar manoseándolas todo el tiempo (o ‘manoseándola’ si tienen la suerte-desgracia de tener una sola).
Vean esto y van a ver –valga la redundancia visionaria- que no les miento:
Salut et Bon Appétit!
Fuentes : DRAE, erasmus, BELCA
Imagen: « Pancake Racers » (Corredoras de Panqueques o tortillas) colección Hulton Archive, del fotógrafo Eward Miller

Tener la vaca atada

Esta expresión se utiliza a menudo cuando uno desea remarcar que alguien tiene asegurado el buen rendimiento económico de una empresa o emprendimiento, especialmente en aquellos casos en que se planean estrategias con el único objetivo de lograr tales resultados (es decir, el lucro).
Ejemplo ilustrativo:
Personajes: Padre médico. Madre bioquímica. Hijo farmacéutico. Hija ecografista. Paciente sexo masculino, soltero, 35 años, empleado administrativo.
Escena V, Acto III: Paciente va al médico. Lo atiende una hora y media más tarde por exceso de tentempiés entre turnos. Muy bien, veamos. Por sus síntomas va a necesitar unos análisis de rutina, sangre y orina, que los va a hacer donde le indique la secretaria así se los hacen rápido y también una ecografía ginecológica, que también le vamos a decir dónde hacerla. Pero “doc”, si yo soy varón. Ahh, m’hijito, eso nunca se sabe. ¡Ud se hace la ecografía y listo! Después vemos qué dice el estudio. No hay que creer todo lo que se ve a simple vista. ¿Estamos? Bueh, mientras esperamos los resultados va tomando este remedio para la sangre, este para el hígado, este para los dolores menstruales…Pero doctor, ya le dije que soy varón. ¡Pero qué duro que es Ud! ¡Le he dicho que hasta que no veamos el informe de la ecografía no se hablaba más del tema! Decía, tome este otro para los huesos, estas vitaminas, este colutorio, este colirio, esta pomada, este y este y este otro para lo que le desarreglan los anteriores y este último para lo que le desarregla el anterior. Vaya a tal farmacia y dígale que va de parte mía que le van cobrar más caro pero lo van a atender como a un príncipe.
Bonita carátula para este post, no?
Bien, en un caso como este, dejando de lado el discurso “persuasivo” de nuestro personaje, el Dr. Ficticio, solemos decir que la familia tiene “la vaca atada” para resaltar que todo está armado en función del lucro y nada más.
El origen de la expresión, creíamos que tenía que ver con la facilidad con que uno faenaría todo lo faenable en una vaca si la tuviese ya atada desde un principio.
Sin embargo, buscando y busqueteando por todos lados hallamos un simpático “Diccionario de argentinismos” que detalla esta explicación, por demás creíble y que dice que la frase en cuestión significa Ser favorecido por la fortuna y la riqueza. La palabra proviene de principios del siglo XX, cuando las familias adineradas viajaban a Europa en barco, y, como ostentación de fortuna, se llevaban una vaca para que les diera leche fresca diariamente.”
De acuerdo con lo anterior, la frase original dicen que sería “viajar con la vaca atada”. Los años hicieron que la vaca no viajara más y tan sólo quedase atada. Aceptamos ofertas y discrepancias, aunque vengan “a granel”.
Y nos despedimos hasta el próximo post, con la siguiente reflexión gestada por nuestro querido Atahualpa Yupanqui: “Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas…” (El arriero, canción triste, si las hay)
Salut!
Fuentes: Diccionario de Argentinismos, Crónicas desde Buenos Aires
Imagen:
Ghislain & Marie David de Lossy

A buen entendedor pocas palabras


No hay que subestimar a los lectores.

Edad de Merecer

¿Qué entendemos por edad? He aquí algunas definiciones de la Real Academia Racing Club sobre esta palabra:
-Tiempo que ha vivido una persona o ciertos animales o vegetales.
-Duración de algunas cosas y entidades abstractas.
Ahora que sabemos que quiere decir edad busquemos el significado de la frase que da título a nuestro informe:
"Época en que los jóvenes buscan mujer o marido."
Contundente, no es más ni menos, que el período de deseo, conquista, de concretar, de comer confites. El merecimiento suele ser proporcional a la belleza exterior e interior de cada ser, ese orden no es casual sino que esta establecido por cada sociedad (aunque hay algunas ocasiones en donde entra en juego la “ley del embudo” donde el merecimiento se da tan solo porque si). También hay merecimientos.
Aquellas personas a las cuales se les pasa la edad de merecer sin recibir su merecido entran en otra edad o tiempo cronológico y entran a ser parte del grupo de los vulgarmente conocidos como “a los que se les paso el cuarto de hora”.
¿Entre que edades se esta en la edad de merecer? Eso es muy subjetivo hay métodos de mediciones muy disímiles que van desde lo legal (menores y mayores de edad), psicológico (niñez, pre-adolescencia, adolescencia, etc. etc.) o la que tiene mayores adeptos entre la barra de los pibes de la esquina “la medición con el cordón de la vereda”.

A Tontas y a Locas

-"Esas son las más fáciles"- dice el gran Daniel Rabinovich, del 'Conjunto de Instrumentos Informales Les Luthiers', en el sketch "El Sendero de Warren Sanchez", cuando quien interpreta el personaje de un presunto pastor evangélico (Marcos Mundstock) habla de los "que se la pasan fornicando sin ton ni son, a tontas y a locas..."
Lejos estamos de idear tamañas genialidades, pero no perdemos de vista nuestra intestina necesidad de encontrar un vero significado para tan utilizada frase. He aquí lo hallado:
"Según el Diccionario de la Real Academia Española, 'a tontas y a locas' significa “hacer una cosa con desbaratamiento, sin orden ni concierto”