Arrastrar el ala

Aquí en mi país, frente a la Casa de Gobierno -La Casa Rosada, que le decimos- hay una plaza enorme: la Plaza de Mayo, cuyo nombre viene a cuento de la Revolución de Mayo de 1810, en que los criollos se reunieron allí –en aquel entonces, su nombre era Plaza Mayor- para derrocar al Virrey Cisneros, reconociendo la autoridad de la Junta Revolucionaria y formándose así el Primer Gobierno Patrio. (Fuente: Ministerio de Educación de la Nación Argentina)

Además de su connotación revolucionaria y patriótica, la Plaza de Mayo es famosa por su fauna: ¡Está repleta de palomas!, como generalmente lo están el resto de las plazas de la Ciudad de Buenos Aires y de toda gran ciudad de nuestro nunca bien ponderado planeta.
Y, aunque parezca descabellado para una publicación que comienza con un relato histórico, estos animalitos urbanos son el motivo fundamental por el que he decidido publicar este post, con el voto unánime de la totalidad de los miembros del Comité Zoológico de Definiciencia Popular. Y su participación en el mismo poco tiene que ver con sus experiencias revolucionarias y patrióticas de la época colonial. Más bien, haré mención a un hábito de estas tórtolas, acerca del cual he concluido -luego de nueve largos años de estudio en la carrera de Colombófila de la Universidad de la Paloma de la Paz, ubicada en el barrio El Palomar de la hermosa ciudad de Buenos Aires- que no cabe duda que debe ser anterior a la creación del hombre a partir del Barro Bíblico.
Me refiero al hábito de cortejo que tienen las palomas (similar al de otras aves, como las ya mencionadas gallináceas y algunos humanos de narices picudas o comportamiento siniestro/perverso). Esta costumbre amorosa instintiva es la que da origen y significado a la frase de hoy. La misma consiste, como todos sabemos, en el arrastramiento por el suelo de uno de los miembros superiores (y voladores) que el palomo –macho de la especie- lleva a cabo cuando sus ansias románticas de apareamiento lo conducen justo hasta la mismísima puerta de las narices de una hermosa, oronda y rolliza paloma –hembra de la especie- la cual participa del cortejo de un modo pasivo, casi indiferente, resultando así que, si el macho de ala arrastrada llega a tener suerte, ella se convertirá en su amada y fiel amante, al menos durante una temporada.
Cuenta la leyenda que cuando el Adán de barro del Alfarero Universal cobró vida cual Pinocho de Gepetto, resultando luego mutilado en su asado costal -el módico costo de la adquisición de compañía femenina- y la tierra se fue poblando de Caínes y Abeles, estos seres ociosos y singulares -conocidos como «sapiens sapiens» (que en latín significa ignorantes, dado que cargas iguales se repelen; ergo, si a la sapiencia le oponemos la sapiencia, no puede quedar otra cosa que la ignorancia, Athos dixit)-, al igual que sus congéneres de otras religiones y regiones menos medio orientales, fueron testigos, como los criollos de mayo de 1810 y los actuales visitantes menos revolucionarios de nuestra querida y popular Plaza de Mayo, de esta conducta tan tiernamente apasionada, entregada y que no toma en cuenta los resultados, que caracteriza a los palomos cortejantes y a sus hembras cortejadas. Muchos y muchas se sintieron identificados y escribieron romances. Otros copiaron al dedillo el modelo y gastaron sus falanges y el resto de sus manos hasta quedar mancos (y los que los observaron comportarse tan amorosamente comenzaron a decir “El Fulano le está arrastrando el ala a La Fulana”, para indicar que el individuo intentaba conquistar a la individua). Por otra parte, los más rebeldes, se inclinaron por tomar el ejemplo de otras especies como zorros, buitres, pelícanos, gatos y serpientes, entre otros. Los más fértiles imitaron a los conejos. Finalmente se vino la lluvia y el tío Noé los cargó a todos en su arca. Desde entonces han surgido varios tipos de híbridos y mutantes. Dejo a vuestra sapiencia, queridos lectores, enunciar los ejemplos que les resulten más apropiados.


Acerca de las fuentes y demás datos técnicos:

Según babylon®, la frase que hoy trato aquí tiene por significado “Enamorar, requerir de amores, pretender a una mujer”. En este sitio atribuyen la definición a un Diccionario de Lunfardo cuyo autor dan a conocer como Salvador Maiorano. Por su parte, en Jergas del Habla Hispana® agregan «hacer la corte» a los significados de la locución y nos informan que la misma “proviene del hábito de apareo de las gallináceas, en que el gallo camina alrededor de la gallina en forma algo inclinada y extendiendo hacia abajo un ala por turno”.
La imagen fue copiada del sitio Purple Monkfish


Salut!

3 comentarios:

★ July in the sky ★ dijo...

Athos,

leí muy interesada este post, ya que siempre escucho a mi tierno y simpatico abuelito, decirme: ¨contame, ¿¿¿quién te está arrastrando el ala???¨
Siempre me resultó gracioso escucharlo preguntarme ese tipo de cosas, de ese modo. Aunque muchas otras preguntas y comentarios de el me generan simpatía (y se gana más el gran cariño que le tengo). Es un gran usuario de variadas y coloridas definiciencias, muchas veces ínsólitas (debería tomar nota la próxima vez que vaya a visitarlo)

Por otro lado, no puedo evitar contarle lo siguiente,
ODIO A LAS PALOMAS !!!!!!!!!!!
Me molesta mucho, pero mucho! estar caminando y que estos animalitos se crucen en mi andar... se pongan nerviosos, ¨caminen¨ de un lado hacia otro, reiterada y obsesivamente, mientras de manera simultánea yo trato de esquivarlas (también de un lado hacia el otro) Finalmente, lo que sucede, SIEMPRE es que ¨aletean nerviosamente¨, encima mío , sin ningún tipo de respeto!ja
En conclusión y solo por lo que le estoy comentando, las palomas me parecen torpes.
Evidentemente no lo son.
Me tendrán ellas fobia a mi?!?

Hablando ya demasiado, me despido. No se si se entenderá el comportamiento ¨palomistico¨ que me irrita, hice un esfuerzo por ser lo mas gráfica posible.
Salut!

Athos dijo...

Mademoiselle Julie:

Entiendo lo que dice de las palomas y supongo que no la consolará mucho saber que ellas estaban aquí desde mucho antes que nosotros, así que la pregunta «¿quién inquieta a quien?» creo que depende, en la gran mayoría de los casos, de cada interacción humano-paloma en particular.
A mí, por ejemplo, me gusta -de vez en cuando- darles de comer maíz en el Parque Avellaneda, pero no sentado. Con mi pequeña discípula mosquetera -siempre de vez en cuando (los de mi signo somos un fiel exponente de que «nada en el ser humano es definitivo»-, nos ponemos a caminar por los anchos senderos del parque, "arreando" literalmente a las palomas que no vacilan en seguir las pequeñas semillas color naranja. Lo hacemos para que las personas que temen a las palomas no resulten inquietadas. El único efecto colateral de este procedimiento es que vuela un tierral bárbaro.
En fin. Espero que sepa disculpar tamaña disgresión.
La saludo con mi sombrero emplumado y quedo a la espera de la extensa lista de definiciencias de su monsieur abuelito.

Salut!

Néstor en dijo...

Agradezco enormemente el aporte de esta definición, ya que a pesar de mi avanzada edad (43) nunca nadie me lo explicó y estaba entre mis dudas existenciales... bueno, uno a veces lo saca analizando su uso, así que me imaginaba que era algo así; pero aquí está bien claro y no solo eso.

Me encanta la poesía con que fue tratado el tema, felicito por la estética con la que escribes. Además, para mí en particular, me hace sentir muy bien cuando las personas tratan al idioma con tanta estética y dulzura, puesto que en realidad, todos deberíamos tratarlo así.

Nuevamente muchas gracias por la explicación, y por la forma tan bella de explicarlo.