Esquivar el bulto


Relacionada con el significado de la frase de algún post anterior (v.g.Irse por los cerros de Úbeda [por la tangente]”) la locución que aquí les presentamos alude, según su uso acostumbrado, a similares hábitos evitatorios, de naturaleza instintiva o racional, que algunos seres humanos encarnan a la hora de jugar una opinión, emitir un juicio, expresar un sentimiento o comprometer una acción dirigidos, cualesquiera de los anteriores, hacia otro individuo de su especie. Algo así como “hacerse el sota” o “el otario”, en perfecto lunfardo porteño rioplatense.
La vasta colección de fuentes consultadas no se ha dignado a arrojar un mísero fotón sobre el origen de esta evasiva frase, cosa que nos ha tentado a aventurar alguna que otra suposición bien fundada en los misterios de la mente y que, bajo la estrictísima y difícil-de-conseguir autorización del Comité Peregrino Restaurador de Fuentes Fidedignas (Co.Pe.Re.Fu.Fi) de Definiciencia Popular, daremos a conocer al Mundo a continuación. (Bajo la tácita suposición –ahora no tan tácita- de que el Mundo estaría íntimamente interesado en conocer información de tan precioso interés epistemofilosóficalifragilísticoespialidoso, como sabiamente nos enseñara nuestra Maestra de Corte y Confección de La Lengua, Licenciada María Encarnación de la Uña Muchorruido y Pocasnueces, Dios la tenga en la Gloria y la reencarne en algún dedo majestuoso del David de Miguel Ángel.)
Más allá de su discutida gestación, estas han sido nuestras conclusiones:
a. Bien podría tratarse de una mala traducción de cierto apellido común entre los antiguos habitantes de la América previkinga (ellos –navegantes del helado Ártico- llegaron antes que el emisario de los Reyes Católicos –también conocidos como Rayos Catódicos) que al oído de los colonizadores nórdicos sonaba Assakivaarbultur, ni una vocal de menos ni una consonante de más. Es por demás conocida la anécdota que contara en sus Cartas Orales de Navegación el Capitán Erik Rohensson (siglo XXX, d.C.), en que hacía mención de una constante y obstinada negativa del Emperador Solohitzquintl Assakivaarbultur (según el oído vikingo del narrador) y su pueblo a pasar por encima de ciertos montículos de acceso irrestricto que eran considerados por los lugareños como residencia de mágicos espíritus viperinos, bajo las cuales éstos yacían enroscados sobre sus propias entidades abstractas en franca actitud de reposo absoluto. Según Rohensson, los nativos se conducían de tan extraña manera con el objeto de evitar ser devorados por los “cánones del deber y la exigencia”.
b. La variante que ofrecen nuestros ratones intelectuales a la propuesta anterior es un poco menos autóctona aunque no menos sugestiva. Revisando los Inexistentes Archivos de Memorias Remotas Sobre Tiempos No Vividos, los cuales se ubican en la Inflamable Biblioteca ‘Ciudad de Magnalejandro’ de la sede africana-septentrional de Definiciencia Popular, encontramos lo siguiente: "En los comienzos de cierto deporte de origen alpino que consiste en deslizarse un elemento humano por la nieve sobre dos gigantescos palitos de helado doblados hacia el cenit por la punta delantera, se llevaba a cabo en tales latitudes centroeuropeas una importante competencia que más tarde dio origen al nombre del deporte" y –presunta pero inexplicablemente- al título de esta frase a la que intentamos dar genealogía. Se trata del Torneo Intraeuropeo “Sky Van Bullit”, que llevaba dicho nombre en honor a cierto campeón holandés de los tiempos preglaciales en que la nieve escaseaba y abundaban los traficantes de telgopor y coco rallado. La peculiaridad del torneo radicaba en que los competidores debían transitar cuesta abajo y a toda velocidad por una pista repleta de obstáculos montañeses dispuestos según la invisible mano del Gran Artesano Paisajista, los cuales dichos atletas frigoríficos debían esquivar hábilmente o morir en el intento. En cierta oportunidad, un presentador tuvo la sublime ocurrencia de comparar la habilidad de los competidores con las estrategias evasivas del público presente a la hora de pagar las entradas, con lo cual, este deporte cobró fama local y -siglos después- mundial debido a la cantidad de “colados” (esos que entran sin pagar, en argentino puro y sin retoques) que ingresaban a la competencia por las laderas no vigiladas de las grandes montañas helvéticas.
Sin duda que futuras investigaciones y debates definicientíficos arrojarán más datos sobre la cuestión.
Agradeciendo, como siempre, vuestra abnegada paciencia y pidiendo sepan comprender lo que nos pasa a la hora de tomar la pastilla rosada ranurada, les dejamos que sigan rumbo por las aguas virtuales de Internet, en busca de otros vientos más propicios.
Salut!

Foto: Britannica.com

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